Milán, 15 de noviembre 1997 Centro de Congresos de la Provincia de Milán
El ser humano a las puertas del nuevo milenio
Crisis social y personal en el momento actual: propuestas del Islam e propuestas del Nuevo Humanismo
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Ponencia de Salvatore Puledda
Agradezco al Centro de las Culturas de Milán, Alien y a su presidente por haber organizado este encuentro y al Dr. Ab El Rahman por habernos ilustrado la posición del Islam en la actual crisis de civilización. Agradezco a los amigos que han venido de Africa y a todos Uds. aquí presentes.
Durante el tiempo a mi disposición intentaré describir la posición del Nuevo Humanismo, que aquí represento, en lo que respecta a algunos puntos fundamentales. En primer lugar el alcance y el significado de la crisis personal y social que estamos viviendo y las propuestas que presentamos para encararla. En segundo lugar, la concepción de ser humano que planteamos, y finalmente, un tema también central, sobre todo en el contexto de este encuento, y es decir nuestra posición respecto a la religiosidad y la trascendencia.
Pero antes de iniciar el desarrollo de estos temas, me parece importante aclarar cuál es para nosotros el significado de este encuentro con los representantes oficiales de vasta experiencia y profundo conocimiento doctrinario- de una de las grandes religiones del mundo, Islam.
El nuestro es un movimiento joven que, a pesar de haber nacido en un área cultural específica, la latina, y más precisamente la latino-americana, mostró desde el principio una neta vocación internacionalista, una tendencia clara y conciente a superar la propia particularidad cultural y a dirigirse hacia todas las culturas. A medida que se expandía desde su lugar de origen, primero en Europa y los Estados Unidos, y luego en Asia y África, el Movimiento Humanista entraba en contacto e incluía a personas y organizaciones pertenecientes a diversas culturas y credos religiosos.
Cabe precisar ante todo un aspecto clave: el Movimiento Humanista jamás ha pedido a sus miembros que cortasen las propias raíces culturales o que abandonasen sus credos para uniformarse al modelo cultural de los fundadores. Al contrario, ha siempre invitado a sus adherentes a poner en práctica, en el modo más profundo y coherente, los principios religiosos y morales que retenían válidos y en los que creían en buena fe. El Movimiento Humanista no distingue a sus miembros en base a sus creencias religiosas, sino que acepta todas las religiones, incluso el ateísmo, siempre que éstas no prediquen ni practiquen la violencia o la discriminación para imponer su visión del mundo.
Y es precisamente porque incluye a nivel de paridad y en base a un unico criterio, la común humanidad personas pertenecientes a culturas y credos religiosos diversos, que el Movimiento Humanista ha siempre promovido todas aquellas actividades que lleven a un mejor conocimiento recíproco, al intercambio y enriquecimiento mutuos entre los representantes de distintas religiones. La lista de estos encuentos es muy larga. Recodaré aquí sólo los más importantes y a algunos de los cuales tuve la fortuna de participar.
En 1981, en Sri Lanka, hubo un gran encuentro entre los representantes de mayor nivel del Shanga, la orden budista, y el fundador del Movimiento Humanista, Silo. Siempre en 1981, tuvo lugar otro encuentro de Silo con varios religiosos induístas, en ocasión del discurso que Silo dio frente a más de diez mil personas en la playa de Chawpatty en Bombay. Recuerdo también que en el Primer Forum Mundial Humanista, en Moscú en 1993, participó un delegado de la Iglesia Ortodoxa en representación del Patriarca. Frecuentes han sido los encuentros con las comunidades hebreas, especialmente en Argentina, y lo mismo vale para la fe Ba'hai y los representantes religiosos de los pueblos indígenas de America.
Así es que este intercambio de ideas con nuestros amigos islámicos se encuadra en un contexto más amplio que es el del encuentro con los representantes de todas las religiones a las que pertenecen nuestros aderentes. Y el de hoy se da en un momento en que al Movimiento Humanista comienzan a adherir numerosas personas que se han formado en el Islam y para las que el Islam constituye tanto su raíz cultural como su guía espiritual.
Debo agregar, para concluir este punto, que en todas las ocasiones que he mencionado y en tantos otros encuentros que han tenido lugar a lo largo de los años, nuestro mensaje ha sido recibido con gran atención y respeto; hemos siempre encontrado personas que, no obstante pertenecieran a un credo específico a veces a una religión antiquísima y venerable- han siempre manifestado una genuina preocupación no tanto y no sólo por la propria comunidad religiosa cuanto por esta situación de gravísima crisis, por este delicado momento de transición histórica en el que nos toca vivir.
Aclarado entonces el significado que este encuentro tiene para nosotros, quisiera pasar a tratar los temas que constituyen su contenido específico. Inciamos con la crisis personal y social.
El Movimiento Humanista, desde su aparición a principios de los años 60, ha siempre hablado de una crisis que habría de extenderse y produndizarse hasta llegar a minar los fundamentos mismos de la actual civilización humana, una crisis que no habría perdonado a institución o país alguno por más sólidos, potentes o respetados pudieran aparecer en su momento.
Treinta años atrás estas afirmaciones sonaban un poco raras, fuera de tono, poco constructivas y decididamente castastróficas. Hoy, luego de tantos fracasos, tanta desilusión y pérdida de las propias certezas, de los propios modelos, hasta el hombre de la calle admite la existencia de una crisis que involucra tanto a la esfera social como a aquella personal.
El Movimiento Humanista ha siempre sostenido que no se trataba de una crisis parcial, limitada a algún sector en particular de la sociedad como podría serlo la política, la economía, el arte o la vida religiosa, sino de una crisis estructural y global. Y no habría de quedarse confinada en Occidente -donde los síntomas eran ya más evidentes- sino que se habría extendido a todas las culturas, a la civilización humana en general. Pero al mismo tiempo el Movimiento Humanista insistía en que tal crisis no debía ser interpretada en sentido trágico o milenarístico porque representaba el agotamiento de un momento de proceso, el fin de una condición, y anunciaba una transformación radical, aunque difícil y tortuosa, de la civilización humana. La crisis, no obstante los peligros y las amenazas que implicaba, correspondía a un crecimiento, a un avance del ser humano. La crisis se había producido porque el ser humano había dado grandes pasos adelante pero nada de lo había logrado lo satisfacía plenamente.
Y es justamente en este delicado pasaje de un estadio de la civilización a otro más avanzado que el Movimiento Humanista basa la legitimación de su propia existencia. El Movimiento no sería necesario si las instituciones, la organización social, la distribución de la riqueza funcionasen en algún lugar del mundo, si los seres humanos experimentaran una felicidad y una paz crecientes en algún lugar del mundo.
Y aquí llegamos al aspecto más específico de la crisis actual, una caraterística única, algo que jamás se había dado antes en la historia humana: me refiero a su globalidad, su dimensión planetaria. En la historia de la humanidad se ha asistido repetidamente a la caída de imperios gigantescos, de civilizaciones enteras, a la desaparición de pueblos potentes junto con sus ciudades, sus instituciones, sus dioses. Pero nunca se había cernido, sobre la humanidad toda, la amenaza de una catástrofe global, de su completa desaparición, como la que hoy afrontamos por el peligro de una guerra nuclear o por los desequilibrios ecológicos. Pero al mismo tiempo nunca se había dado la posibilidad de crear una civilización global y común a todos los pueblos de la Tierra. La crisis se origina en esta transición ardua y peligrosa.
La nuestra es la primer generación que vio la imagen de la Tierra desde afuera. Desde el espacio pudimos ver a nuestro planeta como uno solo los límites entre países no estaban demarcados ; era nuestra casa común. Y la vimos amenazada y frágil. Creo que nada mejor que esta imagen para expresar tanto la crisis cuanto el desafío que hoy enfrenta la humanidad.
Porque en este planeta común a todos, unificado por los medios masivos de comunicación, vemos en tiempo real los más dolorosos desequilibrios: el hambre y la opulencia, las tecnologías más avanzadas y el trabajo físico más extenuante, ciudades inmensas al borde del colapso y áreas abandonadas y desiertas. Pero sobre todo vemos la confusión, la pérdida de sentido en la vida y la violencia en todas sus formas: económica, religiosa, racial, sexual, psicológica La violencia, exaltada por el nuevo potencial tecnológico.
Creo que a todos nos resulta claro que hoy existe la posilibidad práctica de llevar a toda la humanidad a un nivel de vida aceptable en lo que respecta a alimentación, salud, vivienda. Si esto no se realiza es porque existe un sistema económico mostruoso que concentra el 80% de la richeza mundial en manos del 20% de la humanidad. Y esta desproporción se da no sólo a escala global, entre países ricos y pobres, sino también en el seno de los mismos países opulentos, donde crece la desocupación, la emarginación de enteras capas de la población, de enteras áreas geográficas.
Pero tal vez el aspecto más preocupante de la crisis actual reside en el enfrentamiento entre las diversas culturas. Hasta no hace mucho tiempo atrás, las grandes civilizaciones se desarrollaban separadamente, en gran parte en base a factores endógenos y sólo ocasionalmente interactuaban en forma más o menos profunda, a través del intercambio comercial, la influencia cultural y religiosa, las migraciones, las guerras. Hoy, en la aldea global, todas interactúan con todas. A través de los medios de comunicación de masas, penetran en nuestras casas estilos de vida, visiones del mundo diferentes, finalidades y valores contrastantes. ¿Dónde está lo bueno y dónde está lo malo? Todo se relativiza. En las grandes metrópolis, en un espacio físico restringido coexisten seres humanos con paisajes culturales, puntos de referencia, modelos de vida diversos y aun opuestos. ¿Dónde está el bien y dónde el mal, si lo que es bueno para mi es distinto de lo que es bueno para mi vecino?
Para el Movimiento Humanista en esto reside la magnitud y el significado de la crisis actual. Podríamos agregar descripciones más detalladas sociológicas, políticas, económicas, etc- pero creo que aun sin ellas no nos será difícil coincidir en que a partir de la presente situación de globalización y de la que no se puede volver atrás- se abren dos caminos: una lucha destructiva entre las distintas culturas para conseguir la hegemonía, en la que finalmente prevalecerá una por sobre las demás, con la consiguiente aparición de una nueva dimensión imperial a nivel planetario, o la creación de una nación humana universal, en la que las differentes culturas puedan convivir, cada una aportando la propia experiencia, la proria identidad, sus colores, su música y su forma de acercarse a lo divino.
Aquí llegamos a otro punto que nos interesa discutir. ¿Cómo puede contribuir el Movimiento Humanista en la construcción de la nación humana universal? Pero antes es necesario hacer una aclaración.
Si abrimos un manual de historia leemos que el humanismo fue un fenómeno cultural que apareció en un momento histórico y en un punto geográfico bien precisos: en Italia primero y luego en toda Europa occidental entre mediados del siglo XIV y mediados del siglo XVII.
Bien, ¿pero qué tendrá que ver este movimiento cultural con el mundo actual? Ciertamente todos comprendemos la gran importancia que tuvo para la historia de Occidente porque reivindicó la dignidad y la centralidad del ser humano en oposición a la desvalorización operada por el Medioevo cristiano. ¿Pero qué le puede decir a las culturas de Asia y África, a los herederos de las culturas precolombinas o de Oceanía? El Movimiento Humanista de hoy reformula y reinterpreta en modo nuevo el concepto de humanismo, colocándolo en una perspectiva histórica globalizante, es decir, en sintonía con la época actual que, como ya hemos dicho, contempla los albores de una sociedad planetaria por primera vez en la historia humana.
Para nosotros, el humanismo que surge con fuerza en Europa en época renacimental y que emplaza al ser humano y su dignidad en el centro de todo no es un hecho exclusivamente europeo. Ya existía en otras culturas, como por ejemplo en el Islam, India y China. Claro, se lo llamaba de otro modo, dado que otros eran los parámetros culturales de referencia, pero se hallaba implícito bajo la forma de "actitud" y de "perspectiva frente a la vida".
Por lo tanto, en nuestra concepción, el humanismo resulta ser un fenómeno que surge y se desarrolla en varias partes del mundo y en diversas épocas. Y es por esta razón que puede imprimir una dirección convergente a culturas distintas que actualmente se encuentran forzada y conflictivamente a contacto.
Pero ¿en base a qué indicadores históricos podemos nosotros hablar en estos términos y desarrollar esta interpretación? ¿En qué periodo se puede hablar de "humanismo" para aquellas culturas que han tenido una historia compleja y extremamente variada? A nuestro entender, en todas las grandes culturas de la Tierra es posible individualizar ciertos momentos, que nosotros precisamente llamamos "humanistas" y que se reconocen a partir de los siguientes indicadores:
En tales momentos,
el ser humano ocupa una posición central como valor y como
preocupación;
se afirma la igualdad de todos los seres humanos;
se reconoce y se valora la diversidad personal y cultural;
se tiende a desarrollar el conocimiento más allá de lo aceptado
hasta ese momento como verdad absoluta;
se afirma la libertad de profesar todas las ideas y creencias,
se repudia la violencia.
Y en este sentido quisiera citar precisamente el ejemplo del Islam.
Hoy en día se tiende a identificar al Islam con una tendencia religiosa fundamentalista (tendencia que, entre paréntesis, hoy está presente en todas las religiones históricas, ninguna exclusa), olvidando que, en los siglos que corresponden a nuestro Medioevo, el Islam se caracterizaba por ser uno de los ejemplos más luminosos de tolerancia religiosa. Y esto ocurría cuando en Europa se imponía el más rígido e intransigente integralismo religioso.
Pero para describir más detalladamente lo que hemos definido como "momento histórico humanista" en el Islam, haré referencia a un experto en la materia, el historiador ruso Artur Segadeev. Quisiera leerles algunos párrafos de una conferencia suya que se titula "El humanismo en el pensamiento clásico musulmán".
"(...) La infraestructura del humanismo en el mundo
musulmán estaba determinada por el desarrollo de las cuidades y
de la cultura de las ciudades. .... La concentración en las
cuidades de grandes recursos, provenientes del comercio y de los
impuestos, determinó en el Medioevo el surgimiento de una capa
bastante numerosa de intelectuales, llevó a una dinamización de
la vida espiritual y creó una situación de prosperidad para la
ciencia, la literatura y el arte. En el centro de atención de
todos los campos estaba el ser humano, entendido como género
humano y como personalidad única. Hay que señalar que el mundo
musulmán medieval no conoció aquella división en las
orientaciones axiológicas - es decir, en los valores - entre la
cultura urbana y la cultura a ella opuesta, que en Europa estaban
representadas por los habitantes de los monasterios y los de los
castillos feudales. En el mundo musulmán, tanto los portadores
de la educación teológica como los grupos sociales análogos a
los grupos feudales europeos vivían en las cuidades, donde
experimentaron la infuencia poderosa de la cultura que se había
generado entre los cuidadanos más adinerados. Podemos hacernos
una idea de la orientación axiológica de estos habitantes si
examinamos el grupo social de referencia que ellos tendían a
imitar porque encarnaba los rasgos distintivos e indispensables
de una personalidad ilustre y bien educada. Tal grupo de
referencia estaba constituido por los Adibes, gente de vastos
intereses, muy instruidos y de profundo sentido moral. El Adab, o
sea el conjunto de cualidades propias del Adib, comportaba un
ideal de conducta en la vida ciudadana y de corte basado en el
refinamiento y el humorismo, y era, por su función intelectual y
moral, sinónimo de aquello que los griegos indicaban con la
palabra "paideia" y los latinos con
"humanitas". Los Adibes encarnaban los ideales del
humanismo y a la vez divulgaban las ideas humanistas, que a veces
tomaban la forma de sentencias lapidarias como: "El hombre
es problema del hombre"; "Para quien cruza nuestro mar
no existe otra orilla que no sea él mismo". La insistencia
en el destino terrenal del ser humano, tan típica del Adib,
conducía a veces al escepticismo religioso y a la aparición,
entre sus representantes, de figuras de relieve que ostentaban el
propio ateismo. Adab significaba inicialmente las normas de
comportamiento, la etiqueta, de los beduinos, pero el término
asumió su significado verdaderamente humanista cuando el
Califato, por primera vez desde Alejandro Magno, se convirtió en
el centro de interrelación entre diferentes tradiciones
culturales y diferentes grupos confesionales, el centro que unía
el Mediterráneo con el mundo indo-iraniano.
En el período de prosperidad de la cultura musulmana medieval el
Adab vio colmada la exigencia de conocer la filosofía helénica
antigua y asimiló los programas de educación elaborados por los
filósofos griegos. Para la realización de tales programas, los
musulmanes disponían de enormes posibilidades: baste decir que,
según el cálculo de los especialistas, sólo en Córdoba se
concentraban más libros que en toda Europa, excluyendo a
Al-Andalus. Habiéndose transformado en centro de influencias
recíprocas entre culturas, mezclando diferentes grupos étnicos,
el Califato contribuyó a la formación de otro rasgo saliente
del humanismo: el universalismo, o sea la idea de la unidad del
género humano. En la vida real, a la formación de esta idea
correspondió el hecho de que las tierras habitadas por
musulmanes se extendían desde el río Volga al norte hasta
Madagascar al sur y desde la costa atlántica a occidente hasta
la costa del Pacífico a oriente.
Aunque con el transcurso del tiempo el imperio musulmán terminó
desintegrándose, y los pequeños estados formados sobre sus
escombros se puedieran comparar con las posesiones de los
sucesores de Alejandro Magno, los fieles al Islam vivían unidos
por una sola religión, una sola lengua literaria, una sola ley,
una sola cultura y en la vida cotidiana continuaron comunicando
con varios grupos confesionales muy distintos del propio e
intercambiando con ellos valores culturales. El espíritu del
universalismo dominaba en los círculos científicos ( los
"Madjalis") donde se reunían musulmanes, cristianos,
hebreos y ateos que provenían de los más alejados rinconces del
mundo musulmán y que compartían intereses intelectuales
comunes. Los unía aquella "ideología de la amistad"
que había unido antes a las escuelas filosóficas de la
antigüedad como, por ejemplo, estoicos, epicúreos,
neoplatónicos, etc., y en el Renacimiento italiano al círculo
de Marsilio Ficino. En el plano teórico, los principios del
universalismo -que ya habían sido elaborados en el contexto del
Kalam, o teología especulativa- se convirtieron más tarde en el
fundamento de la concepción del mundo tanto de los filósofos
racionalistas cuanto de los místicos sufíes. En las discusiones
organizadas por los teólogos Mutakallimies (los Maestros del
Islam), a las que participaban representantes de diferentes
confesiones, era norma fundamentar la autenticidad de las tesis
no con referencia a textos sagrados -dado que estos textos no
habrían ofrecido a los representantes de las demás religiones
sustento alguno para la discusión- sino basándose
exclusivamente en la razón humana."
El tercer punto que me interesaba desarrollar es el que se refiere a la concepción del ser humano que propone el Movimiento Humanista.
El Movimiento Humanista coloca al ser humano en la dimensión de la libertad. En esta concepción la conciencia humana no es un reflejo pasivo o deformado del mundo material, sino que es fundamentalmente actividad intencional, actividad incesante de interpretación y reconstrucción del mundo material y social. El ser humano, si bien participe del mundo natural en cuanto posee un cuerpo, no puede ser entendido como un simple fenómeno zoológico, no tiene una naturaleza, una esencia definida, sino que es un "proyecto" de transformación del mundo material y de sí mismo.
El proyecto humano colectivo es, para el Movimiento Humanista, la humanización de la Tierra, es decir, la eliminación del dolor físico y del sufrimiento mental, y por lo tanto la eliminación de todas las formas de violencia y discriminación que privan a los seres humanos de su intencionalidad y libertad y los reducen a cosas, a objetos naturales, a meros instrumentos de la intencionalidad de otros.
El Movimiento Humanista sintetiza todo esto en el eslogan: "Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por encima de otro".
Pero se podría objetar, ¿no está acaso Dios por encima del hombre? ¿No es acaso una chispa divina lo que hace al ser humano libre y radicalmente diverso a todos los demás seres animados?
¿Por qué entonces no se coloca a Dios, a la palabra de Dios, a los mandamientos de Dios, por encima del ser humano? ¿No es Dios el centro de todo, como enseñan las grandes religiones?
Para nosotros es muy importante distiguir entre religiones -con sus libros sagrados, sus teologías, sus ritos y cultos- y espíritu religioso. El espíritu religioso se ha manifestado en la historia (y también en la historia del Islam) en formas que no coincidían necesariamente con los cánones establecidos y aceptados por las religiones. Nosotros respetamos las religiones y las entendemos como caminos para acercarse a lo inefable; pero comprendemos que lo numinoso, lo divino, no se puede reducir a palabras o imágenes humanas. Sabemos también que la fe -que mueve montañas- no se puede imponer y que ella puede aparecer o desaparecer en distintos momentos de la vida. Y es por ello que aceptamos entre nosotros a ateos y creyentes de todas las religiones.
Quisiera concluir con las palabras de Silo, el fundador del Movimiento Humanista. Se trata de un fragmento de un discurso suyo titulado "El sentido de la vida":
" ... declaro ante ustedes mi fe y mi certeza por
experiencia respecto a que la muerte no detiene el futuro, que la
muerte, por lo contrario, modifica el estado provisorio de
nuestra existencia para lanzarla hacia la trascendencia inmortal.
Y no impongo mi certeza ni mi fe y convivo con aquellos que se
encuentran en estados diferentes respecto del sentido de la vida,
pero me obligo a brindar solidariamente el mensaje que reconozco
hace feliz y libre al ser humano. Por ningún motivo eludo mi
responsabilidad de expresar mis verdades aunque tales fueran
discutibles por quienes experimentan la provisoriedad de la vida
y el absurdo de la muerte.
Por otra parte, jamás pregunto a otros por sus particulares
creencias y, en todo caso, aunque defino con claridad mi
posición respecto a este punto, proclamo para todo ser humano la
libertad de creer o no creer en Dios y la libertad de creer o no
creer en la inmortalidad.
Entre miles y miles de mujeres y hombres que codo a codo,
solidariamente, trabajan con nosotros, se suman ateos y
creyentes, gentes con dudas y con certezas y a nadie se pregunta
por su fe y todo se da como orientación para que decidan por sí
mismos la vía que mejor aclare el sentido de sus vidas.
No es valiente dejar de proclamar la propias certezas, pero es
indigno de la verdadera solidariedad tratar de imponerlas."
Muchas gracias por la atención.