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Salvatore Puledda

El ser humano a las puertas del nuevo milenio.

El Humanismo Budista y el Nuevo Humanism


Intervención de Salvatore Puledda con ocasión del encuentro con representantes de la
Sanga budista del templo Theravada de Milan, organizado por el Centro de las Culturas de Milán.
Abril de 1998

Quiero agradecer al Centro de las Culturas de Milán y a su presidente por haberme invitado a presentar las ideas del Nuevo Humanismo en este encuentro y al Reverendo Ragiakiya Pandita Shasthrapathi Angulugaha Wansananda Thero por la iluminante descripción que ha dado del significado del humanismo en el budismo theravada. Agradezco a los amigos de Asia y de Europa que nos acompañan.
Ante todo debo decir que este es un encuentro muy estimulante visto que nuestro común interés -como el título mismo del encuentro lo indica- es la situación del ser humano a las puertas del nuevo milenio.
Es necesario hacer aquí una precisión. Hablar en términos de "milenio" significa colocarse en un horizonte temporal que es propio del Occidente cristiano, pero que es ajeno a otras culturas y al budismo en particular. Si mis conocimientos de la historia de esta gran doctrina no son errados, el budismo -o al menos algunas de sus escuelas- encuadra su propia historia en base a una división temporal de 500 años y por lo tanto ha apenas entrado en la sexta fase de su desarrollo secular.
En realidad la cuestión de las divisiones temporales no es muy importante; me parece que cuando decidimos llamar a este encuentro "El ser humano a las puertas del nuevo milenio..." queríamos decir que la actual humanidad, en su totalidad, se enfrenta a un pasaje histórico particularmente delicado y peligroso; queríamos decir que hoy la humanidad se encuentra en la necesidad de una gran transformación que se nos presenta extremadamente difícil, problemática y compleja. Utilizando el lenguaje del Nuevo Humanismo podríamos expresar esto diciendo que la situación por la que está atravesando la humanidad de hoy es una "crisis global".
Y es sobre este punto que tratará mi presentación. Ilustraré asimismo los remedios que el Nuevo Humanismo propone para afrontar esta crisis global y, siempre en tema, presentaré algunos aspectos que acercan nuestra doctrina al budismo. Me refiero a la idea de compasión hacia el sufrimiento de todos los seres y nuestro acto moral que se sintetiza en la frase "Trata a los demás como quieres que te traten".
Antes de entrar en tema quisiera aclarar cuál es para nosotros el significado de este encuentro con los representantes oficiales de la doctrina concedida a los hombres por uno de los héroes de la humanidad. Aquél que ha sido definido la "Luz de Asia", el Iluminado, el Tathagata, el Buda.
El nuestro es un movimiento joven que, a pesar de haber nacido en un área cultural específica, la latina, y más precisamente la latino-americana, mostró desde el principio una neta vocación internacionalista, una tendencia clara y consciente a superar la propia particularidad cultural y a dirigirse hacia todas las culturas. A medida que se expandía desde su lugar de origen, primero en Europa y los Estados Unidos, y luego en Asia y África, el Movimiento Humanista entraba en contacto e incluía personas y organizaciones pertenecientes a diversas culturas y credos religiosos.
Cabe precisar ante todo un aspecto clave: el Movimiento Humanista jamás ha pedido a sus miembros que corten las propias raíces culturales o que abandonen sus credos para uniformarse al modelo cultural de los fundadores. Al contrario, ha siempre invitado a sus adherentes a poner en práctica, en el modo más profundo y coherente, los principios religiosos y morales que sentían válidos y en los que creían de buena fe. El Movimiento Humanista no distingue a sus miembros en base a sus creencias religiosas, sino que acepta todas las religiones, incluso el ateísmo, siempre que éstas no prediquen ni practiquen la violencia o la discriminación para imponer su visión del mundo.
Y es precisamente porque incluye -a nivel de paridad y en base a un único criterio, la común humanidad- personas pertenecientes a culturas y credos religiosos diversos, que el Movimiento Humanista ha siempre promovido todas aquellas actividades que lleven a un mejor conocimiento recíproco, al intercambio y enriquecimiento mutuos entre los representantes de distintas religiones. La lista de estos encuentros es muy larga. Recordaré aquí sólo los más importantes y algunos de los cuales tuve la fortuna de participar.
En 1981, en Sri Lanka, hubo un gran encuentro entre los representantes de mayor nivel de la Sanga y el fundador del Movimiento Humanista, Silo. Siempre en 1981, tuvo lugar otro encuentro de Silo con varios religiosos Induístas, con ocasión del discurso que Silo dio frente a más de diez mil personas en la playa de Chowpatty en Bombay. Recuerdo también que en el Primer Forum Mundial Humanista, en Moscú en 1993, participó un delegado de la Iglesia Ortodoxa en representación del Patriarca. Frecuentes han sido los encuentros con las comunidades hebreas, especialmente en Argentina, y lo mismo vale para la fe Ba'hai y los representantes religiosos de los pueblos indígenas de América.
Así es que este intercambio de ideas con nuestros amigos budistas se encuadra en un contexto mas amplio, que es el del encuentro con los representantes de todas las religiones a las que pertenecen nuestros adherentes. Cabe mencionar que en Sri Lanka el Movimiento Humanista está presente desde hace muchos años y que además cuenta con numerosos miembros.
Debo agregar, para concluir este punto, que en todas las ocasiones que he mencionado y en tantos otros encuentros que han tenido lugar a lo largo de los años, nuestro mensaje ha sido recibido con gran atención y respeto; hemos siempre encontrado personas que, no obstante pertenecieran a un credo específico -a veces a una religión antiquísima y venerable- han siempre manifestado una genuina preocupación, no tanto y no sólo por la propia comunidad religiosa, cuanto por esta situación de gravísima crisis, por este delicado momento de transición histórica en el que nos toca vivir.
Aclarado entonces el significado que este encuentro tiene para nosotros, quisiera pasar a tratar los temas que comentábamos al principio.
El Movimiento Humanista, desde su aparición a principios de los años 60, ha siempre hablado de una crisis que habría de extenderse y profundizares hasta llegar a minar los fundamentos mismos de la actual civilización humana, una crisis que no habría de perdonar a institución o país alguno, por más sólidos, potentes o respetados que pudieran aparecer en su momento.
Treinta años atrás estas afirmaciones sonaban un poco raras, fuera de tono, poco constructivas y decididamente catastróficas. Hoy, luego de tantos fracasos, tanta desilusión y pérdida de las propias certezas, de los propios modelos, hasta el hombre de la calle admite la existencia de una crisis que involucra tanto la esfera social como aquella personal.
El Movimiento Humanista ha siempre sostenido que no se trataba de una crisis parcial, limitada a algún sector en particular de la sociedad como podría serlo la política, la economía, el arte o la vida religiosa, sino de una crisis estructural y global. Y no habría de quedarse confinada en Occidente -donde los síntomas eran ya más evidentes- sino que habría de extenderse a todas las culturas, a la civilización humana en general. Pero al mismo tiempo el Movimiento Humanista insistía en que tal crisis no debía ser interpretada en sentido trágico o milenarístico, porque representaba el agotamiento de un momento de proceso, el fin de una condición, y anunciaba una transformación radical, aunque difícil y tortuosa, de la civilización humana. La crisis, no obstante los peligros y las amenazas que implicaba, correspondía a un crecimiento, a un avance del ser humano. La crisis se habría producido porque el ser humano habría dado grandes pasos adelante pero nada de lo que había logrado lo satisfacía plenamente.
Y es justamente en este delicado pasaje de un estadio de la civilización a otro más avanzado, que el Movimiento Humanista basa la legitimación de su propia existencia. El Movimiento no sería necesario si, en algún lugar del mundo, las instituciones, la organización social, la distribución de la riqueza funcionasen; si, en algún lugar del mundo, los seres humanos experimentaran una felicidad y una paz crecientes.
Y aquí llegamos al aspecto más específico de la crisis actual, una característica única, algo que jamás se había dado antes en la historia humana: me refiero a su globalidad, su dimensión planetaria. En la historia de la humanidad, se ha asistido repetidamente a la caída de imperios gigantescos, de civilizaciones enteras, a la desaparición de pueblos potentes junto con sus ciudades, sus instituciones, sus dioses. Pero nunca se había cernido, sobre la humanidad toda, la amenaza de una catástrofe global, de su completa desaparición, como la que hoy afrontamos por el peligro de una guerra nuclear o por los desequilibrios ecológicos. Pero al mismo tiempo nunca se había dado la posibilidad de crear una civilización global y común a todos los pueblos de la Tierra. La crisis se origina en esta difícil y riesgosa transición.
La nuestra es la primera generación que vio la imagen de la Tierra desde afuera. Desde el espacio pudimos ver nuestro planeta como uno solo -los límites entre países no estaban demarcados-; era nuestra casa común. Y la vimos amenazada y frágil. Creo que nada mejor que esta imagen para expresar tanto la crisis, cuanto el desafío que hoy enfrenta la humanidad.
Porque en este planeta común a todos, unificado por los medios masivos de comunicación, vemos en tiempo real los más dolorosos desequilibrios: el hambre y la opulencia, las tecnologías más avanzadas y el trabajo físico más extenuante, ciudades inmensas al borde del colapso y áreas abandonadas y desiertas. Pero sobre todo vemos la confusión, la pérdida de sentido en la vida y la violencia en todas sus formas: económica, religiosa, racial, sexual, psicológica… La violencia, exaltada por el nuevo potencial tecnológico. Y vemos cómo la violencia tampoco ha perdonado aquella isla de antigua tradición pacifista que es Sri Lanka.
Creo que a todos nos resulta claro que hoy existe la posibilidad práctica de llevar a toda la humanidad a un nivel de vida aceptable en lo que respecta a alimentación, salud, vivienda. Si esto no sucede es porque existe un sistema económico monstruoso que concentra el 80% de la riqueza mundial en manos del 20% de la humanidad. Y esta desproporción se da no sólo a escala global, entre países ricos y pobres, sino también en el seno de los mismos países opulentos, donde crece la desocupación, la marginación de capas enteras de la población, de áreas geográficas completas.
Pero tal vez el aspecto más preocupante de la crisis actual, reside en el enfrentamiento entre las diversas culturas. Hasta no hace mucho tiempo atrás, las grandes civilizaciones se desarrollaban separadamente, en gran parte en base a factores endógenos y sólo ocasionalmente interactuaban en forma más o menos profunda, a través del intercambio comercial, la influencia cultural y religiosa, las migraciones, las guerras. Hoy, en la aldea global, todas interactúan con todas. A través de los medios de comunicación de masas, penetran en nuestras casas estilos de vida, visiones del mundo diferentes, finalidades y valores contrastantes. ¿Dónde está lo bueno y dónde está lo malo? Todo se relativiza. En las grandes metrópolis, en un espacio físico restringido, coexisten seres humanos con paisajes culturales, puntos de referencia, modelos de vida diversos y aun opuestos. ¿Dónde está el bien y dónde el mal, si lo que es bueno para mi es distinto de lo que es bueno para mi vecino?
Para el Movimiento Humanista en esto reside la magnitud y el significado de la crisis actual. Podríamos agregar descripciones más detalladas -sociológicas, políticas, económicas, etc- pero creo que aun sin ellas no nos será difícil coincidir en que a partir de la presente situación de globalización -y de la que no se puede volver atrás- se abren dos caminos posibles: una lucha destructiva entre las distintas culturas para conseguir la hegemonía, en la que finalmente prevalecerá una por sobre las demás, con la consiguiente aparición de una nueva dimensión imperial a nivel planetario; o la creación de una nación humana universal, en la que las diferentes culturas puedan convivir, cada una aportando la propia experiencia, la propia identidad, sus colores, su música y su forma de acercarse a lo divino.
Aquí llegamos a otro punto que nos interesa discutir. ¿Cómo puede contribuir el Movimiento Humanista en la construcción de la nación humana universal? Pero antes es necesario hacer una aclaración. ¿Porqué el Movimiento Humanista, porqué el Nuevo Humanismo?
Si abrimos un manual de historia leemos que el humanismo fue un fenómeno cultural que surgió en un momento histórico y en un punto geográfico bien precisos: en Italia primero y luego en toda Europa occidental entre mediados del siglo XIV y mediados del siglo XVII.
Bien, ¿pero qué tendrá que ver este movimiento cultural con el mundo actual? Ciertamente todos comprendemos la gran importancia que tuvo para la historia de Occidente porque reivindicó la dignidad y la centralidad del ser humano en oposición a la desvalorización operada por el Medioevo cristiano. ¿Pero qué le puede decir a las culturas de Asia y África, a los herederos de las culturas precolombinas o de Oceanía? El Movimiento Humanista de hoy reformula y reinterpreta en modo nuevo el concepto de humanismo, colocándolo en una perspectiva histórica globalizante, es decir, en sintonía con la época actual que, como ya hemos dicho, contempla los albores de una sociedad planetaria por primera vez en la historia humana.
Para nosotros, el humanismo que surge con fuerza en Europa en la época renacentista y que emplaza al ser humano y su dignidad en el centro de todo, no es un hecho exclusivamente europeo. Ya existía en otras culturas. Claro, se lo llamaba de otro modo, dado que otros eran los parámetros culturales de referencia, pero se hallaba implícito bajo la forma de "actitud" y de "perspectiva frente a la vida". Por lo tanto, en nuestra concepción, el humanismo resulta ser un fenómeno que surge y se desarrolla en varias partes del mundo y en diversas épocas. Y es por esta razón que se puede imprimir una dirección convergente a culturas distintas que actualmente se encuentran forzada y conflictivamente en contacto.
Pero, ¿en base a qué indicadores históricos podemos nosotros hablar en estos términos y desarrollar esta interpretación? ¿En qué periodo se puede hablar de "humanismo" para aquellas culturas que han tenido un historia compleja y extremadamente variada? A nuestro entender, en todas las grandes culturas de la Tierra es posible individualizar ciertos momentos, que nosotros precisamente llamamos "humanistas" y que se reconocen a partir de los siguientes indicadores. En tales momentos:
· el ser humano ocupa una posición central como valor y como preocupación;
· se afirma la igualdad de todos los seres humanos;
· se reconoce y se valora la diversidad personal y cultural;
· se tiende a desarrollar el conocimiento más allá de lo aceptado hasta ese momento como verdad absoluta;
· se afirma la libertad de profesar todas las ideas y creencias;
· se repudia la violencia.
Creo que ninguna doctrina se acerca tanto a este criterio de humanismo como el budismo. Es precisamente por esto, que nosotros reconocemos en el budismo una visión del hombre y del mundo muy próxima a la nuestra. Para aclarar mejor este punto quisiera referirme a algunos aspectos claves de la doctrina del Nuevo Humanismo.
En su primer discurso público, pronunciado el 4 de mayo de 1969 a los pies de la más alta montaña de Occidente, el Aconcagua, el fundador del Nuevo Humanismo, Silo, trató los temas fundamentales para todo ser humano: el sufrimiento y el camino para superarlo. El título de aquel discurso fué: "La curación del sufrimiento".
Con palabras simples y poéticas Silo dijo que la verdadera sabiduría no se aprende de los libros, sino que es una cuestión de experiencia personal, de experiencia interior. La verdadera sabiduría está en comprender, a través de la meditación, cuál es la raíz del sufrimiento y cuáles los medios para superarlo. Antes que nada Silo hace una distinción entre dolor y sufrimiento. El dolor es del cuerpo, el sufrimiento es de la mente. El dolor físico puede disminuir gracias al progreso de la ciencia y a la creación de una organización social cada vez más justa que permita a todos satisfacer las propias necesidades fundamentales, como lo son el alimento, la vivienda, un trabajo digno, etc. Pero ni la ciencia ni la justicia social pueden vencer el sufrimiento de la mente. Tres son las vías del sufrimiento mental: la vía del recuerdo, la vía de la percepción, la vía de la imaginación.
Se sufre porque vivimos una situación contradictoria, es decir una situación en la cual hacemos cosas que se oponen entre sí. Pero también se sufre por temor a no poder lograr a futuro lo que queremos o por temor a perder algo que hoy poseemos. Y también se sufre por las frustraciones y las desilusiones del pasado, por lo que no se ha logrado, o por lo que hemos perdido, o por lo que ya se ha sufrido: humillaciones, violencia, dolor físico, la traición, la vergüenza, la injusticia. Y se sufre también por temor a las enfermedades, por temor a la vejez, por temor a la muerte.
Pero a la base del sufrimiento mental, dice Silo, encontramos siempre la violencia interna, y a la raíz de la violencia interna está el deseo. Pero esta violencia interna motivada por el deseo no queda encerrada dentro de nosotros: como una enfermedad ella contamina todo lo que está a su alrededor. Esa violencia interna produce en los otros y en nuestro prójimo, nuevo dolor y nuevo sufrimiento. Se convierte en violencia física, económica, racial, religiosa o sexual, haciendo girar en sentido opuesto la rueda de la vida.
Superar la violencia significa extirpar la raíz del deseo. Como ya sabemos, este es un largo y arduo camino que comienza con purificar y elevar los deseos. Que comienza repudiando toda forma de violencia, que comienza esforzándose por ir hacia los demás, ocupándose de otros, ayudando a otros a superar su dolor y sufrimiento. ¿No es esto lo que el budismo llama compasión por el sufrimiento de todos los seres?
Es por este difícil camino que intentamos transitar. Y es por ello que luchamos contra toda forma de violencia, contra la discriminación racial, religiosa o sexual, y contra un sistema económico que no tiene en cuenta las más elementales necesidades de la mayor parte de los seres humanos. Por este camino nos guía un principio moral antiguo, tanto como la civilización del hombre: "Trata a los demás como quieres que te traten". Teniendo este principio como base tratamos de llevar adelante nuestras actividades, a veces con errores y a veces avanzando, pero conscientes de que dedicándonos a los demás y yendo más allá de nuestro egoísmo, podremos curar nuestro sufrimiento.

Muchas gracias por vuestra atención. Para todos Paz, Fuerza y Alegría.



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